AUTISMO

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«CONOCIENDO EL AUTISMO»


Todos hemos escuchado el término en muchas ocasiones, de una forma u otra estamos familiarizados con ello, seamos o no profesionales, pero no siempre la imagen que se tiene corresponde con la realidad.

Se trata de un trastorno con una incidencia calculada de 1 caso por cada 150, y es reconocido como un trastorno complejo, que involucra aspectos genéticos, neurobiológicos y neuropsicológicos. Está englobado bajo el nombre de Trastorno del Espectro Autista (TEA).

Debido a su manifestación diversa, es necesario realizar un diagnóstico diferencial con otros trastornos o dificultades (Paula, 2012), precisando aspectos del neurodesarrollo. 

El TEA suele mostrarse conductualmente en los primeros 30 meses de vida (García, Domínguez y Pereira, 2012), aunque muchas veces suele pasar desapercibido hasta los 3 ó 4 años de edad. La identificación del niño/a autista se hace generalmente a través de tres aspectos, según el DSM-5 (APA, 2013):

  1. Conductas compulsivas, obsesivas o estereotipadas. 
  2. Alteraciones cognitivas, especialmente en el lenguaje y comunicación.
  3. Alteraciones en comportamiento y adaptación social.

La intervención en casos de TEA, se inicia con una correcta evaluación y diagnóstico desde la especialidad de neurología o desde el servicio público de salud mental, para después abordar la intervención con psicoeducación del ámbito familiar y educativo, y la intervención directa con el niño/a para trabajar todos aquellos procesos cognitivos, conductuales y emocionales que precise trabajar. La intervención neuropsicológica con el niño/a es vital para la mejor adaptación a las tareas de la vida diaria, al ámbito educativo, al ámbito social y al familiar. Esta intervención dependerá también de lo que nos revele la evaluación neurológica, es decir, abordará dominios del lenguaje, la cognición social y a las funciones ejecutivas, pero también muchos otros procesos conductuales, emocionales y cognitivos deberán intervenirse, como, por ejemplo, sus dificultades de aprendizaje. 

Por tanto, aunar el trabajo psicológico clínico y neuropsicológico, puede brindar muchos beneficios tanto para el niño/a como para sus familiares. Es necesario señalar que una intervención exitosa en cualquier trastorno infantil requiere de la implicación familiar y educativa.  

 

Jonathan Zegarra-Valdivia 
Psicólogo Clinico. Máster en Neurociencia
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